BERLÍN, MI PRIMER MARATÓN

Hoy hace un mes enfrenté un desafío físico, mental y espiritual; competí contra mi mismo, me llevé al límite y crecí con el aprendizaje de grandes lecciones.

Como persona que se dedica a la salud considero que es esencial cultivar el ejemplo, ya que la vida tiene presiones, obligaciones y agendas que muchas veces nos consumen el tiempo e impiden nuestro desarrllo integral.

El principal sacrificado, después de la alimentación, es el deporte. Muchas de las enfermedades que sufrimos pueden prevenirse con la práctica regular de actividad física que nos apasione.

Desde hace tres años empecé a romper las limitaciones mentales y falsas justificaciones que me tenían alejado del deporte, inicié con caminata, bicicleta, ejercicios funcionales y posteriormente lo complementé con Krav Maga.

A inicios de este año Bernardo Aguilar, quien es el gerente de mi Clínica y gran amigo, me conversó sobre las carreras de atletismo que practica, me interesé y con su guía nos propusimos un objetivo: correr una maratón.

Con el pasar de las semanas noté como mi mente y cuerpo se adaptaban a la nueva disciplina y lo que inició como un ideal se tornó en posibilidad: intentar recorrer los 42195 metros de esta prueba.

Así surge en el mapa uno de los cinco eventos más relevantes del mundo: Berlín.

La salida

Visto la camiseta de Costa Rica Azul. El reloj marca las 9 de la mañana del 25 de setiembre del 2016. Bernardo y yo estamos junto a 47 mil almas de todo el orbe en la puerta de Brandemburgo. Emoción, adrenalina, voces en todas las lenguas, abrazos, sonrisas, apoyo mutuo, un solo espíritu.

Se escucha el sonido que indica la salida, simplemente es ese instante donde inicia el momento cumbre de toda la preparación; doy el primer paso bajo el soleado y frío cielo alemán.

El recorrido

Algunos corredores aventajan mientras otros se quedan atrás, pero más que una competencia es un compromiso con uno mismo. Tengo mis 42 kilómetros dedicados a parientes, amigos, pacientes y personas con que las que han surgido un vínculo muy estrecho, tienen prometido que un kilómetro será por ellos.

Estoy a “dos pantallas”, una externa cargada de la historia, belleza escénica, vida, arquitectura y naturaleza de la ciudad, mientras que en mi interior cruzan recuerdos de infancia, los años duros, las veces que sentí que no iba a poder, y todas las veces que sí se ha logrado.

 

Es fuerte. Atletas son atendidos de emergencia durante la competencia. Algunos caen desmayados, desvanecidos y algunas personas sucumben de forma todavía más fuerte ante la fatiga o dolorosos calambres. Naturalmente quiero detenerme a ayudar, es mi profesión y vocación, pero la excelente organización, logística y atención a lo largo del recorrido ha girado instrucción que se encargará de estos eventos -y así lo hicieron-.

Siento en algunos momentos que talvez es momento de parar, que me estoy exigiendo mucho, que podría estar tratando de tocar más allá de lo que da la mano, pero así ha sido siempre, así es siempre, así será siempre… simplemente confiar, creer y avanzar.

Los últimos tres kilómetros se los dedico a mi hijo Gabriel, su sonrisa y bondad me acompañan en el segmento más difícil de la carrera, donde la potencia de los músculos parece desvanecerse, es  la fortaleza del amor la que me impulsa, me inspira a terminar.

La meta

De repente, cuando la noción del tiempo se va y viene, reaparece la puerta de Brandemburgo, en ese momento el cuerpo siente que no puede más, el dolor aqueja, mientras la mente y el espíritu simplemente perseveran.

Un arco azul, voces de ánimo inentendibles con el lenguaje universal de la sonrisa, el afecto y la esperanza y apenas un poco más de sol que en la salida me abrazan en la meta.

 

Entre todas las voces escucho una que no sé si sale de mi corazón, me está animando, “¡papá, te aaaaamo!”, “¡Costa Rica!”, y ondea una bandera… ahí está Valeria mi hija, el gran tesoro, la gran sorpresa, llegó a la meta porque siempre supo que la cruzaría.

Lágrimas. Sonrisas. Alivios. Lo logré. Aquí estoy. Tengo mi medalla. Llegué. Mucho qué celebrar y agradecer.

Siempre he sentido gran respeto por el ser humano, hoy con humildad puedo decir que además de respeto siento una profunda admiración por su fuerza de voluntad e inmensurable capacidad.

Gracias parientes, amigos y pacientes por ir conmigo espiritualmente en esta maravillosa experiencia de conquistar y superar los propios peldaños de la existencia.

Así fue como a mis 43 años, hace un mes, corrí la 43º maratón de Berlín.

 

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